Acusma del no oyente

Se habían despedido una vez más,
pero él la seguía viendo.
Cómo si tuviera una cámara sobre ella,
seguíale los pasos con encuadres académicos.
La miraba mientras se rascaba la espalda,
la cara, las nalgas, cogitabunda.
Observaba el rostro de ella al masturbarse,
remembrando siempre con una sucia foto
que guardaba en uno de esos libros que,
de seguro, nadie tomaría desde el estante.
La veía cantando desnuda,
o lustrando el anaquel o el bruñido piso.
Reía enternecido cuando ella detenía las películas,
para disparar sus cámaras internas.
De basura reciclable,
de monólogos grandilocuentes.
Por qué aún así la veía más rodeado de ella,
si vigilantes se erguían sus cameos en la pieza.
Por qué aunque siguiera siempre frente a sí,
no se aburría aun si lo necesitaba.
Umbrátil se sujetaba la cabeza
mientras se deleitaba con sus venires opulentos.
Ella terminó entonces la transmisión,
pues todo esto en realidad lo había él oído.
Le acusó de voyerista,
aunque todo esto en realidad lo había él oído.
Se había despedido una vez más,
esta pareja de ciegos,
que lúdica imaginaba,
alucinares ya coevos.
Accésit primordial
de los vítores, del jadeo.
La piogenia de los ojos,
la platea silente.
Deliremos pues.
Cómo suenan estos huesos.
Dejaron luego de verse y oírse,
de degustarse con yemas y papilas.
Pero se respiran y se respiran,
fragancia no les queda ya en los cuerpos.
Lo había logrado.
Se despojó de ese vórtice y catalejo.
Se acordaba de ella ahora por esencias,
pues sabía no alucinaría olores,
con ella estaría solamente
cuando ella estuviera.
Se habían despedido una vez más,
pero él la seguía oliendo.
(2006)

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